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Enclavada en la cima del cerro en que se asienta el pueblo, diversas las circunstancias
históricas y sociales en las que
se han desarrollado las fases constructivas y de ampliación de la fortaleza.
En los últimos tiempos de Roma, también éstos tuvieron la necesidad de
defenderse de los pueblos bárbaros, al igual que debieron que tomar ciertas
precauciones defensivas durante periodos de estabilidad y dominio. De estas
fechas posiblemente sean los restos de amurallamientos de aparejo ciclópeo
conservados en la vertiente septentrional que rodean la cerca medieval, que
aunque a falta de excavaciones que lo corroboren, parece ser claro indicio de
una atalaya romana de enormes dimensiones.
Será en tiempos de
ocupación almohade cuando la plaza adquiera cierta relevancia, construyéndose
en esta época la mayoría de los elementos defensivos que nos han llegado del
castillo. Con
la reconquista cristiana, y tras la toma de la plaza en 1232, la raza guerrera y
el clima físico-bélico se va desipando poco a poco, pues una etapa de cierta
estabilidad bélica y un cambio de mentalidad de los nuevos ocupantes de la
fortaleza, contribuyen a ello. Con los nuevos moradores, continúa el carácter
militar en sus obras, aunque poco a poco, los elementos residenciales se van
abriendo paso en detrimento de lo fuerte, factor que se ve acentuado sobre todo
en época moderna. No obstante, nunca dejaron de otorgar elementos defensivos a
la fortaleza en vista de posibles conflictos bélicos venideros.
La
edificación se adapta totalmente a las condiciones topográficas del terreno y
domina a la población desde lo más alto del cerro. Su fábrica, compuesta por
ladrillo y mampostería en su mayor parte deja al granito algo de protagonismo
en parte de sus muros como ángulos y basamentos de torres, en los que parece
que las piezas han sido reutilizadas de otras construcciones anteriores. El perímetro
fortificado del castillo abarca la máxima superficie que permite el desnivel de
la alargada cresta rocosa en que se asienta. De este modo, ocupando una extensión
de más de 250 metros por 65 metros de anchura en algunas partes, los muros se
levantan a desigual altura, acondicionados por la irregularidad de las cotas
orográficas que marca el terreno.
La puerta de entrada
a la fortaleza se encuentra en la parte media de una torre cuadrada, se llega a
ésta mediante una calzada en rampa que provoca un gran desnivel y hace perder a
la torre mucha de la altura levantada. La torre debió de ser construida en los
años finales del siglo XII. Es conocida esta puerta en la población con el
nombre de “Puerta de San Pedro”
por haber albergado la imagen del Santo en una hornacina que aún se conserva.
En su terraza, de pavimento de ladrillo y accesible desde las escaleras que
arrancan del anden, se conservan aún tres merlones con sus saeteras que más
tarde se habilitaron para poner las
campanas de llamada al culto del templo parroquial que alberga la fortaleza.
Ya en muros del
segundo recinto, nos encontramos con una torre maciza de tapial y argamasa,
forrada con mampostería que el tiempo ha hecho que se pierda casi en su
totalidad. Es esta torre otra huella defensiva almohade y a su lado se
encontraba la segunda puerta de la fortaleza, formada con arco de piedra
labrada, hoy un gran vano circular: «... y a la parte de tramontana esta una
portada de una arco de piedra labrada con una calçada que ssale al campo y no
tiene puertas la dicha portada ...». Unos metros distante,
destaca el tercer cuerpo o cuerpo principal de la fortaleza, cuyo elemento más
destacado es la torre poligonal o del Homenaje. El lienzo meridional no presenta tanta
complejidad. Mélida ve la inutilidad de hacer torres defensivas, ya que el
terreno, mucho más inclinado que la zona septentrional, se encarga de cumplir
su función defensiva. Actualmente, este muro ha desaparecido prácticamente,
pero tenemos referencias documentales que pueden ayudar a reconstruirlo en
parte.
El primer
cuerpo del castillo conserva en su interior dos aljibes, la antigua
iglesia Parroquial ubicada en lo más elevado del terreno, un cementerio
situado en lo que abarcaría el antiguo patio de armas, además de todo el
conjunto de espacios abovedados hundidos que forman un montón de ruinas de difícil
interpretación. Uno de los dos aljibes se encuentra inmediato a la entrada en
recodo, quedando ligeramente a nuestra izquierda, a pocos metros de haber
efectuado el ingreso en el interior del castillo. De éste, sólo se conserva el
vaso, muy profundo y excavado en la roca; encontrándose la bóveda a nivel del
suelo y apreciándose el arranque de medio cañón y las placas de cuarcita que
la formaban dispuestas perpendicularmente a su centro. El otro aljibe está
ubicado entre el muro septentrional de la fortaleza y el del cementerio de este
primer recinto. Por lo que se puede apreciar, la construcción era de mampostería
con bóveda ligeramente apuntada.
En este segundo cuerpo se conservan dos aljibes,
uno excavado en la roca y el otro data como construcción cristiana de
mampostería con bóveda de cañón de ladrillo algo apuntada. En la parte
occidental del conjunto defensivo, alejado, y siguiendo la tipología musulmana
de situar distantes los palacios administradores y dependencias del Alcaide
moro, se encuentra el denominado cuerpo
principal que debió ser el alcázar de la fortaleza durante el dominio
musulmán, centro primario, administrativo y económico, motor de todas las
actividades de la comunidad. Este elemento constará de una mayor complejidad
artística y urbanística que el resto de las partes ya estudiadas. Su
situación viene a confirmar unas pautas estratégicas, ya que para acceder a
él hay que salvar otros dos recintos defensivos más vulnerables.
Al lado de la torre del Homenaje, adosadas al muro de levante, se encontraban dos dependencias seguidas: una era el pajar o gallinero mencionado, y la otra, más al sur, tahona para el pan. Contiguos al muro meridional se sucedían: un recinto utilizado como panera, caballerizas con piso arriba y una dependencia con horno. A poniente encontrábamos una sala con chimenea de campana en un extremo y una alacena en el otro. Estaba cubierta con bóveda de cañón de ladrillo, solada de hormigón y cal y quizá fuera cocina. Las dependencias de los flancos septentrional, meridional y de poniente, rodeaban a un patio o plaza central que al parecer estaba algo elevado.
La
tipología de esta torre es similar a las denominadas “Torre Redonda” y
“mocha” de Cáceres o a la de “Epantaperros” de Badajoz, todas de tapial
y del mismo periodo almohade que esta de Magacela. En la Edad Moderna
encontramos documentadas varias intervenciones en el castillo estudiadas por el
profesor don Antonio Navareño Mateos y recogidas también por Alonso Gutiérrez
Ayuso en su Memoria de Licenciatura.
A finales
de este siglo XVI también se efectúan intervenciones. En 1583 el Alcaide don
Juan Alonso de Castilla solicita obras de reparación en la fortaleza. La
respuesta de la Real Provisión de Felipe II, fechada en Madrid 18 de enero de
1584, pide al Gobernador del Partido de la Serena que acompañado con los
maestros adecuados, se desplace al castillo para tasar las intervenciones
necesarias en lo fuerte y en los encasamientos. Este Gobernador, Duarte de Acuña, llama a tasar y redactar las
condiciones de las obras a Juan Mateos, Alonso Esteban y Pedro Sánchez, todos
de Villanueva de la Serena y maestros de albañilería y cantería. A primeros de 1587 debió rematarse la obra estando a cargo el cantero
Juan de Orellana, quien, en una carta registrada en Madrid el 13 de febrero de
ese mismo año, declara que se había rematado el conjunto de la obra en un
total de 300.000 maravedís para lo fuerte y unos 50.000 para los encasamientos,
solicitando además la primera paga.
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¿Cómo era la FORTALEZA? |
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Ver
NAVAREÑO MATEOS, Antonio: Arquitectura militar de la Orden de Alcántara
en Extremadura, Mérida, 1987.
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